Un viaje de 153 años
Aunque en 1857 existía el Estado de Buenos Aires (segregado de la Confederación Argentina), y por tanto nuestra República no estaba entonces constituida como tal, se considera que el primer viaje de la célebre locomotora “La Porteña”, en un corto recorrido desde el centro de la Capital hasta el pueblo de “La Floresta”, es el que dio por inaugurada la Era del Riel en la Argentina.
Transcurrió más de un siglo y medio desde entonces, y nuestros Ferrocarriles han sufrido toda clase de ataques, hasta quedar convertidos –hoy por hoy- en una añoranza de tiempos mejores.
Es materia discutible si las compañías extranjeras se valieron de desmedidas prebendas para poner sus rieles en yermo territorio argentino del Siglo XIX. Miles y miles de kilómetros cuadrados de pampas tan sólo peinadas por el cierzo requerían que la inversión en el nuevo medio de transporte tuviese un incentivo importante. Ese estímulo provino del estado, que otorgó a las compañías franjas de tierras al costado de las vías, así como también se fomentó la donación de parcelas para la fundación de pueblos que luego devinieron en ciudades.
Décadas después se creó la empresa Ferrocarriles del Estado, la que directamente o por medio de sus compañías controladas (el F.C. Andino, por ejemplo), tendieron rieles en lugares en donde no resultaba comercialmente atractivo para los capitales ingleses o franceses. Fue así como la República Argentina fue forjando una de las principales redes ferroviarias de América, orgullo para propios, y motivo de asombro para extraños.
El proceso de nacionalización de los ferrocarriles de matriz extranjera, completado el 1° de marzo de 1948, impuso nuevas pautas de funcionamiento, y su tiempo coincidió con el de la introducción de la tracción Diesel, dejando en clara decadencia a las locomotoras vapor que tan bienhechores servicios prestaron a la Patria.
Decisiones equivocadas, exceso de personal y otros factores crearon el campo propicio para que se comenzara a ventilar el concepto de “déficit”, a caballo del cual se impuso la primera fase del exterminio ferroviario, a partir de 1961. Con él, muchas secciones del Norte de la provincia de Santa Fe fueron clausuradas, dejando pequeñas poblaciones sumidas en el aislamiento.
La dictadura militar perpetró un segundo cercenamiento de la red ferroviaria nacional, a partir de 1976, cobrándose –entre otras víctimas- los servicios locales en el interior y, específicamente en nuestra ciudad, aquellos con cabecera en la estación Rosario Central, significando como consecuencia la clausura de esta importante terminal.
Está claro que los hombres de la Democracia aún estamos en deuda con la Patria, porque lo que se ha hecho en veinticinco años de vida constitucional es muy poco a favor del ferrocarril, y mucho en su contra.
Desde 1989 se llevó a cabo el ataque final que terminó con la empresa Ferrocarriles Argentinos, la casi totalidad de los talleres y trenes de pasajeros de larga distancia. Apenas se mantuvieron los servicios suburbanos de Buenos Aires, pues son inevitables, y se concesionaron los de cargas pero con mínimas exigencias.
Hoy, cuando se cumple un nuevo aniversario de ese viaje inaugural de La Porteña, en Santa Fe estamos trabajando para que la provincia cree su propia red de servicios ferroviarios, procurando enmendar tantos años de olvido y frustración. Estamos muy cerca de lograr una media sanción en la Legislatura, y confiamos en lograr un consenso en que haga realidad este gran sueño y esta necesidad imperiosa de nuestra provincia.
Queremos que aquellos patios de maniobras, cubiertos aún hoy por los restos de lo que alguna vez fueron trenes, se transformen en nuevas fuentes de trabajo, y que los rieles vuelvan a cobrar vida. Será así como este viaje, que ya lleva 153 años, tenga un feliz destino.







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